Brazos ante Dios¿Para qué trabajas? Para conseguir con qué vivir y con qué responder a otros deberes. Es lo que nos responden muchos familiares y amigos. ¿Para qué haces tantos servicios como sacerdote? Muchas veces, lo hacemos para cumplir nuestro deber y para hacerle el bien a nuestros hermanos. Es importante, pero falta algo. Yo necesito tanto o más que mis hermanos. Por eso, necesito que mi ministerio me sirva, me aproveche a mí antes y más que a los demás.

Necesito y puedo lograr que la Palabra que anuncio, o explico, o celebre, me ilumine, me fortalezca y me dé sabiduría. Que la Eucaristía y los sacramentos que celebro me alimenten, me nutran con la vida, el amor y la gracia que Dios comunica en ellos. Que los bienes que comparta y los servicios que promueva en mi comunidad me purifiquen y aviven mi caridad de pastor. Que la fraternidad que viva y la ayuda fraterna que impulse en mi comunidad me haga crecer, ser el primero ante Dios, por hacerme servidor de todos (Mt 20, 20 - 28). Que cada uno de mis servicios ministeriales me sirva a mí primero. Me alimente, me lleve a aprender y me ayude a progresar.

¿Cómo lograrlo? Sí se puede, viviendo y sirviendo con esas tres actitudes que nos indica la Iglesia (Cf PO, 13). Primero, haciendo lo que nos corresponde y haciéndolo como nos corresponde: con Jesús, como Él y por Él. Segundo, tomando como fuente, motor y orientación la caridad del Buen Pastor. Y, tercero, realizándolo en unión y en sintonía con el Espíritu Santo. Estas tres actitudes me llevan a prepararme mejor, a preparar mejor cada actividad ministerial, a realizarla mejor y a ayudar a mis hermanos a sacer mucho fruto de ella. 

Por ese camino se logra superar la rutina, la monotonía, que tiende a entrar en nuestra vida y ministerio. Y, sobre todo, crecerá nuestra caridad pastoral y se producirán los frutos, primero y más, en nosotros mismos. ¿Verdad?

Julio