PARA ESO SÍ

ORANDODar limosna, ayunar y orar son prácticas difíciles cuando no se les encuentra sentido, o no se les ve la utilidad, o cuando se tiene mucho trabajo. Eso nos pasa aún a los sacerdotes. ¿Verdad?

Pero cuando nos benefician personalmente y resultan útiles a los hermanos, entonces, nos animamos a practicarlas bien.

Es lo que el Papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma, nos propone a todos y, de manera especial, a nosotros para que seamos auténticos profetas y buenos pastores. La Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. Por eso nos invita a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración:

ü  El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios.

ü  El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío… Cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

ü  El ayuno, por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Vivamos intensamente esta cuaresma poniéndole caridad pastoral a todo lo que vivamos y a todo lo que hagamos, especialmente, a nuestro ministerio, a la oración, la limosna y el ayuno. ¡Hagámoslo!

Julio