ME PERTENECE Y LE PERTENEZCO

abrazogrupoEstamos contentos con los pasos que hemos dado en estas semanas. Han sido pasos efectivos para vivir nuestra comunión y ayuda fraternas. Hoy compartimos sobre un paso importantísimo, que abre un horizonte amplio a nuestra vida. 

Pensemos en una persona concreta, cercana o lejana, amiga o distante, no importa. O pensemos en alguien concreto de nuestro presbiterio. Esa persona, ¿Cuánto vale para Dios? ¿Cuánto significa y vale para mí? ¿Qué tanto derecho tiene a que yo la conozca, la aprecie y la sirva?

Este tercer paso es para reconocer y apreciar que con esa otra persona somos de la misma familia de Dios. Tenemos el mismo Padre, ambos hemos participado, desde el bautismo, de la misma vida de Dios, vivimos en la misma familia Iglesia, nos alimentamos de la misma Palabra y de los sacramentos, somos acompañados y ayudados por el mismo Dios misericordioso, vamos por el mismo camino hacia la casa de nuestro Padre Dios, nuestra ley común es la del amor, tenemos comunes derechos y deberes para crecer en nuestra vida y en nuestra misión. Somos realmente hermanos. Le pertenezco a mi hermano y me pertenece mi hermano (NMI, 43). Claro que para sentir y vivir esto se necesita tener en nosotros el amor de Dios y la fe para ver, sentir y amar con esa mirada y amor de Dios.

Al principio lo veo como un compañero, o vecino, u otro. Pero si reconozco que es mi “hermano”, todo cambia. Esos vínculos de fraternidad nos mueven a acercarnos al hermano, a vivir en comunión con él y a servirlo (Jn 13,14), a amarnos unos a otros (Jn 15,17). Nos sentimos movidos a compartir la vida, la Palabra, el amor de Dios, la misión con Jesús. Nos sentimos llamados a amarlo como Dios nuestro Padre nos ama y como lo ama a él. Es “mi” hermano. Soy “su” hermano. “Me pertenece y le pertenezco”. Por encima de todo, es mi hermano. Nuestro camino de vida y misión será el de vivir una fraternidad efectiva y afectiva. Vivamos esta experiencia de fraternidad con algún hermano de nuestro presbiterio. Hagámoslo.

Julio