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encuentro4En cualquier edad y en todos los presbiterios se puede presentar la soledad sacerdotal. Como ella riesgosa, la analizamos para encontrar caminos y medios de solución para vivirla y aprovecharla. Se pueden distinguir varios tipos y manifestaciones de soledad: soledad física, soledad social, soledad sicológica, soledad espiritual. Soledad normal (apacible) y soledad problemática (temida).

La soledad positiva, forma parte de la vida de todos, es consecuencia de vivir sinceramente el Evangelio y constituye una preciosa dimensión de la propia vida (Cf. DMVP2, 115). Es soledad aceptada con espíritu de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo, el Señor (…) Se puede afirmar que no es capaz de verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad (PDV, 74). Esta soledad no crea dificultades, sino que ofrece oportunidades positivas para la vida del sacerdote (Cf. PDV 74). Esta soledad puede ser: una oportunidad para la oración y el estudio; condición indispensable para el crecimiento de la vida interior; se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu; elemento necesario para la formación permanente; una ayuda para el crecimiento humano; una condición para lograr una verdadera y fraterna comunión.

La soledad como problema. En algunos casos, sin embargo, la soledad podría deberse a especiales dificultades, como marginaciones, incomprensiones, desviaciones, abandonos, imprudencias, limitaciones de carácter propias y de otros, calumnias, humillaciones, etc. Entre los factores y manifestaciones relacionadas con la soledad problemática en la vida sacerdotal, se pueden mencionar las siguientes: el encerramiento en sí mismo, vivir aislado de otros, con situaciones de soledad generadas por nosotros mismos; el ser marginados por otros y sentirnos poco valorados por ellos e inclinados a mantenernos en esa separación; la soledad que se siente en relación con el trabajo pastoral, cuando tenemos la sensación de no ser capaces, y de no tener ayuda, para responder a las tareas que nos han encomendado, o para satisfacer las exigencias de la comunidad; la soledad en las relaciones con los hermanos, cuando afrontamos rupturas con algunos, o con la comunidad, lo cual nos lleva a estar encerrados y solos en medio de muchos, en lejanía de los otros hermanos; la soledad de tener notables dificultades personales y sentirnos demasiado débiles para superarlas.; la soledad en relación con Dios, en la cual se siente su ausencia, o su silencio y el peso de la prueba por la que se pasa, o la sensación de nuestra personal lejanía de Dios.

La soledad requiere un discernimiento y solución interdisciplinar. Además de ver los síntomas y la situación, hay que ver las causas y los efectos para afrontarlos con los elementos adecuados. En particular, es muy importante el discernimiento espiritual de la soledad (para qué bien sucede esa soledad). De esta soledad se podría derivar un agudo sentido de frustración que sería sumamente perjudicial (DMVP, 115). También podría acentuar la debilidad personal para buscar compensaciones a la soledad y seudo - justificaciones que la agravan: hago esto para compensar mi soledad. Sin embargo, también estos momentos de dificultad se pueden convertir, con la ayuda del Señor, en ocasiones privilegiadas para un crecimiento en el camino de la santidad y del apostolado (Cf. DMVP, 115).

En la soledad nos podemos ayudar acompañándonos con diversos servicios (Cf. PDV 74; DMVP2, 115): educativos, tanto para que comprendan y vivan la soledad positiva como elemento providencial para su santificación personal, como para que aprendan a afrontar adecuadamente la soledad problemática; Ayudarles a avivar la caridad pastoral para que poniéndola en práctica encuentren la mejor solución a su soledad.

Hemos de acompañarnos ofreciendo servicios de comunión fraterna a los presbíteros en soledad: ofrecerles acompañamiento fraterno personalizado, de acuerdo a su situación y necesidades; promover y animar a que vivan la íntima fraternidad sacramental y a que mejoren su participación activa en el presbiterio diocesano; fomentar la vida común entre los presbíteros (casa común, comunidad de mesa, etc.), dando el máximo valor a la participación comunitaria en la oración litúrgica (Cf. DMVP2, 38); motivarlos y facilitarles encuentros frecuentes con fraternal intercambio de ideas, de consejos y de experiencias entre hermanos (Cf. DMVP2, 38); invitarlos a participar en encuentros y a integrarse en comunidades sacerdotales de vida y ayuda; ayudarles a que tengan los contactos periódicos con el Obispo y con los demás sacerdotes; animar a aprovechar el afecto y el apoyo espiritual de la propia familia y de la comunidad en la que realizan su ministerio pastoral.

Hemos de ofrecer, también, servicios para el bienestar integral de los presbíteros en soledad: ofrecer servicios de asesoría sicológica, administrativa y pastoral, para que los presbíteros en soledad encuentren en ellos ayuda oportuna y adecuada; fortalecer el acompañamiento espiritual personalizado hacia estos hermanos; fomentar la mutua colaboración, especialmente, con los presbíteros que están más solos; ayudar a que se atienda a los sacerdotes que trabajan solos, completando sus equipos de trabajo y fomentando entre ellos la comunión y ayuda fraternas; aprovechar el servicio que les puedan ofrecer las Asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal, la fraternidad sacerdotal, la santidad en el ejercicio del ministerio, la comunión con el Obispo y con toda la Iglesia (Cf. PDV, 81; DMVP2 38, 39).

Busquemos a algún hermano en soledad y compartamos con él esta reflexión. Acompañémonos a dar pasos de fraternidad afectiva y efectiva.

Julio