Compartamos

 

PREPARAR LA HOMILÍA Y DIRIGIR LA CATEQUESIS

Del Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 64-65

Desde la Palabra64. El presbítero sentirá el deber de preparar, tanto remota como próximamente, la homilía litúrgica con gran atención a sus contenidos, haciendo referencia a los textos litúrgicos, sobre todo al Evangelio; atento al equilibrio entre parte expositiva y práctica, así como a la pedagogía y a la técnica del buen hablar, llegando incluso hasta la buena dicción por respeto a la dignidad del acto y de los destinatarios [269]. En particular, «se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía» [270].

Palabra y catequesis

65. Hoy, cuando en muchos ambientes se difunde un analfabetismo religioso en el que se conocen cada vez menos los elementos fundamentales de la fe, la catequesis es parte fundamental de la misión de evangelización de la Iglesia, porque es un instrumento privilegiado de enseñanza y maduración de la fe [271].

El presbítero, en cuanto colaborador del Obispo y por mandato del mismo, tiene la responsabilidad de animar, coordinar y dirigir la actividad catequética de la comunidad que le ha sido encomendada. Es importante que sepa integrar esta labor dentro de un proyecto orgánico de evangelización, asegurando por encima de todo, la comunión de la catequesis en la propia comunidad con la persona del Obispo, con la Iglesia particular y con la Iglesia universal [272].

De manera particular, sabrá suscitar la justa y oportuna colaboración y responsabilidad con lo referente a la catequesis, tanto de los miembros de institutos de vida consagrada o sociedades de vida apostólica, como de los fieles laicos [273], preparados adecuadamente y demostrándoles agradecimiento y estima por su labor catequética.

Pondrá especial solicitud en el cuidado de la formación inicial y permanente de los catequistas. En la medida de lo posible, el sacerdote debe ser el catequista de los catequistas, formando con ellos una verdadera comunidad de discípulos del Señor, que sirva como punto de referencia para los catequizados. Así, les enseñará que el servicio al ministerio de la enseñanza debe ajustarse a la Palabra de Jesucristo y no a teorías y opiniones privadas: es «la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores» [274].

Maestro [275] y educador en la fe [276], el sacerdote procurará que la catequesis, especialmente la de los sacramentos, sea una parte privilegiada en la educación cristiana de la familia, en la enseñanza religiosa, en la formación de movimientos apostólicos, etc.; y que se dirija a todas las categorías de fieles: niños, jóvenes, adolescentes, adultos y ancianos. Sabrá transmitir la enseñanza catequética haciendo uso de todas las ayudas, medios didácticos e instrumentos de comunicación, que puedan ser eficaces a fin de que los fieles —de un modo adecuado a su carácter, capacidad, edad y condición de vida— estén en condiciones de aprender más plenamente la doctrina cristiana y de ponerla en práctica de la manera más conveniente [277].

Con esta finalidad, el presbítero tendrá como principal punto de referencia el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. De hecho, estos textos constituyen una norma segura y auténtica de la enseñanza de la Iglesia [278] y, por eso, es preciso alentar su lectura y estudio. Deben ser siempre el punto de apoyo seguro e insustituible para la enseñanza de los «contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica» [279]. Como ha recordado el Santo Padre Benedicto XVI, en el Catecismo «en efecto, se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe» [280].

NOTAS

[269] Cfr. C.I.C., can. 769.

[270] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini, 59.

[271] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. ap. Catechesi tradendae (16 de octubre de 1979), 18: AAS 71 (1979), 1291-1292.

[272] Cfr. C.I.C., can. 768.

[273] Cfr. C.I.C., can. 528 § 1 y 776.

[274] Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa crismal (5 de abril de 2012): l.c., 7.

[275] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 9.

[276] Cfr. ibid., 6.

[277] Cfr. C.I.C., can. 779.

[278] Cfr. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei Depositum (11 de octubre de 1992): AAS 86 (1992), 113-118.

[279] Benedicto XVI, Carta ap. en forma de motu proprio Porta fidei (11 de octubre de 2011), 11: AAS 103 (2011), 730.

[280] Ibid.

PARA COMPARTIR CON OTROS HERMANOS SACERDOTES

  1. ¿En qué aspectos convendría mejorar nuestras homilías?
  2. ¿Qué ventajas y qué desventajas nos traería el preparar la homilía con otros compañeros?
  3. ¿Qué pasos podemos dar para ser catequistas de catequistas en nuestra comunidad eclesial?

ANEXO

La Evangelii Gaudium (EG) hace un amplio y magnífico aporte sobre la homilía que han de hacer los presbíteros en su comunidad. Propone el concepto de homilía como diálogo de Dios con su pueblo, a través del predicador, lo cual supera la comprensión de mera explicación de la Palabra. Además, la EG explica que en la nueva evangelización, la homilía ocupa un puesto especial, respecto de la cual se recomiendan pasos para mejorar los contenidos, la presentación y su integración en el proceso evangelizador (EG, 135 – 159). De esta forma, el presbítero que prepara y presenta bien la homilía logra un crecimiento personal en la Palabra y ayuda al crecimiento de su comunidad. Da indicaciones concretas para la preparación responsable de la homilía (EG, 145), dedicándole tiempo suficiente y amor (EG, 146) para comprender el mensaje principal y el efecto que Dios espera de los que lo escuchan (EG, 147), buscando que resuene primero en el corazón del predicador (EG, 149) y la ponga en práctica para que pueda predicar como testigo (EG, 150 – 151). Para iniciar la preparación, se recomienda la lectio divina, que lleva a escuchar y a dejarnos transformar por la Palabra (EG 152-153). También se recomienda poner un oído en el pueblo (EG, 154) para ayudarlos de manera más adecuada con la Palabra procurando decir lo que el Señor quiere decir para determinada circunstancia, lo cual se hace desde el discernimiento evangélico (EG, 154). Finalmente, propone una renovación en los métodos y medios de predicación (EG, 156 – 157) para que la predicación sea sencilla, clara, directa, adecuada (EG, 158). Se expresa, también, el anhelo de que los sacerdotes, diáconos y laicos se reúnan para encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva la predicación (EG, 159), lo cual postula las reuniones de los presbíteros para preparar la predicación.