Compartamos

 

MINISTRO DE LA RECONCILIACIÓN

 

Francisco Confesandose70. El Espíritu Santo para la remisión de los pecados es un don de la resurrección, que se da a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Cristo confió la obra sacramental de reconciliación del hombre con Dios exclusivamente a sus Apóstoles y a aquellos que les suceden en la misma misión. Los sacerdotes son, por voluntad de Cristo, los únicos ministros del sacramento de la reconciliación[321]. Como Cristo, son enviados a convertir a los pecadores y a llevarlos otra vez al Padre, mediante el juicio de misericordia.

 

La reconciliación sacramental restablece la amistad con Dios Padre y con todos sus hijos en su familia, que es la Iglesia. Por lo tanto, esta se rejuvenece y se construye en todas sus dimensiones: universal, diocesana y parroquial[322].

 

A pesar de la triste realidad de la pérdida del sentido del pecado, muy extendida en la cultura de nuestro tiempo, el sacerdote debe practicar con gozo y dedicación el ministerio de la formación de la conciencia, del perdón y de la paz.

 

Es preciso que él, por tanto, sepa identificarse en cierto sentido con este sacramento y —asumiendo la actitud de Cristo— se incline con misericordia, como buen samaritano, sobre la humanidad herida y muestre la novedad cristiana de la dimensión medicinal de la Penitencia, que está dirigida a sanar y perdonar[323].

 

Dedicación al ministerio de la Reconciliación

 

71. El presbítero deberá dedicar tiempo —incluso con días, horas establecidas— y energías a escuchar las confesiones de los fieles[324], tanto por su oficio[325] como por la ordenación sacramental, pues los cristianos —como demuestra la experiencia— acuden con gusto a recibir este sacramento, allí donde saben y ven que hay sacerdotes disponibles. Asimismo, que no se descuide la posibilidad de facilitar a cada fiel la participación en el sacramento de la Reconciliación y la Penitencia también durante la celebración de la Santa Misa[326]. Esto se aplica a todas partes, pero especialmente, a las zonas con las iglesias más frecuentadas y a los santuarios, donde es posible una colaboración fraterna y responsable con los sacerdotes religiosos y los ancianos[327].

 

No podemos olvidar que «la fiel y generosa disponibilidad de los sacerdotes a escuchar las confesiones, a ejemplo de los grandes santos de la historia, como san Juan María Vianney, san Juan Bosco, san José María Escrivá, san Pío de Pietrelcina, san José Cafasso y san Leopoldo Mandić, nos indica a todos que el confesonario puede ser un “lugar” real de santificación»[328].

 

Cada sacerdote seguirá la normativa eclesial que defiende y promueve el valor de la confesión individual e íntegra de los pecados en el coloquio directo con el confesor[329]. «La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia» y, por tanto, «todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están encomendados»[330]. Sin duda, las absoluciones sacramentales impartidas de forma colectiva, sin que se observen las normas establecidas, hay que considerarlas abusos graves[331].

 

Por lo que se refiere a la sede para oír las confesiones, las normas las establece la Conferencia Episcopal, «asegurando en todo caso que existan siempre en lugar patente confesionarios provistos de rejillas entre el penitente y el confesor que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen»[332]. El confesor tendrá oportunidad de iluminar la conciencia del penitente con unas palabras que, aunque breves, serán apropiadas para su situación concreta. Estas ayudarán a la renovada orientación personal hacia la conversión e influirán profundamente en su camino espiritual, también a través de una satisfacción oportuna[333]. Así se podrá vivir la confesión también como momento de dirección espiritual.

 

En cada caso, el presbítero sabrá mantener la celebración de la Reconciliación a nivel sacramental, estimulando el dolor por los pecados, la confianza en la gracia, etc. y, al mismo tiempo, superando el peligro de reducirla a una actividad puramente psicológica o de simple formalidad.

 

Entre otras cosas, esto se manifestará en el cumplimiento fiel de la disciplina vigente acerca del lugar y la sede para las confesiones, que no se deben recibir «fuera del confesionario, a no ser por causa justa» [334].

 

Necesidad de confesarse

 

72. Como todo buen fiel, el sacerdote también tiene necesidad de confesar sus propios pecados y debilidades. Él es el primero en saber que la práctica de este sacramento lo fortalece en la fe y en la caridad hacia Dios y los hermanos.

 

Para hallarse en las mejores condiciones de mostrar con eficacia la belleza de la Penitencia, es esencial que el ministro del sacramento ofrezca un testimonio personal precediendo a los demás fieles en esta experiencia del perdón. Además, esto constituye la primera condición para la revalorización pastoral del sacramento de la Reconciliación: en la confesión frecuente, el presbítero aprende a comprender a los demás y, siguiendo el ejemplo de los Santos, se ve impulsado a «ponerlo en el centro de sus preocupaciones pastorales»[335]. En este sentido, es una cosa buena que los fieles sepan y vean que también sus sacerdotes se confiesan con regularidad[336]. «Toda la existencia sacerdotal sufre un inexorable decaimiento si le falta por negligencia o cualquier otro motivo el recurso periódico, inspirado por auténtica fe y devoción, al sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la comunidad de la que es pastor»[337].

 

PARA COMPARTIR CON OTROS HERMANOS SACERDOTES

 

 

 

  1. Qué importancia tiene, para nuestra vida y ministerio, el confesarnos?
  2. Qué medios utilizar para confesarnos bien?
  3. Qué pasos dar para confesar más y mejor a nuestros feligreses?

 

NOTAS

 

[321] Cfr. Conc. Ecum. Trident., sess. VI, De Iustificatione, c. 14; sess. XIV, De Poenitentia, c. 1, 2, 5-7, can. 10; sess. XXIII, De Ordine, c. 1; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 2, 5; C.I.C., can. 965.

 

[322] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1443-1445.

 

[323] Cfr. C.I.C., can. 966 § 1; 978 § 1 y 981; Juan Pablo II, Discurso a la Penitenciaría Apostólica (27 de marzo de 1993): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, n. 15, 9 de abril de 1993, 12.

 

[324] Cfr. Juan Pablo II, Carta ap. en forma de motu proprio Misericordia Dei (7 de abril de 2002), 1-2: l.c., 455.

 

[325] Cfr. C.I.C., can. 986.

 

[326] «Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles»: Juan Pablo II, Carta ap. Misericordia Dei, 2.

 

[327] Cfr.Congregación para el Clero, Carta circular a los Rectores de los Santuarios (15 de agosto de 2011): “L’Osservatore Romano”, 12 de agosto de 2011, 7. [328] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Curso promovido por la Penitenciaría Apostólica (25 de de marzo de de 2011): “L’Osservatore Romano”, 26 de de marzo de de 2011, 7.

 

[329] Cfr. C.I.C., can. 960; Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptor hominis, 20: AAS 64 (1979), 257-324; Carta ap. Misericordia Dei (7 de abril de 2002), 3: l.c., 456.

 

[330] Juan Pablo II, Carta ap. Misericordia Dei (7 de abril de 2002), 1: l.c., 455.

 

[331] La confesión y la absolución colectiva se reserva sólo para casos extraordinarios contemplados en las disposiciones vigentes y con las condiciones requeridas: Cfr. C.I.C., can. 961-963; Pablo VI, Alocución (20 de marzo de 1978): AAS 70 (1978), 328-332; Juan Pablo II, Alocución (30 de enero de 1981): AAS 73 (1981), 201-204; Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 33: AAS 77 (1985), 270; Carta ap. Misericordia Dei, 4-5.

 

[332] C.I.C., can. 964 § 2. Además, el ministro del sacramento, por causa justa y excluído el caso de necesidad, puede legítimamente decidir, aunque el penitente no lo pida, que la confesión sacramental se reciba en un confesionario provisto de rejilla fija (Cfr. Consejo Pontificio para los textos Legislativos, Responsio ad propositum dubium: de loco excipiendi sacramentales confessiones: AAS 90 [1998], 711).

 

[333] Cfr. C.I.C., can. 978 § 1 y 981.

 

[334] Ibid., can. 964; Cfr. Juan Pablo II, Carta ap. Misericordia Dei (7 de abril de 2002), 9: l.c., 459.

 

[335] Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año sacerdotal con ocasión del 150º aniversario del “Dies natalis” de Juan María Vianney, 16 de junio de 2009: l.c., 7.

 

[336] Cfr. C.I.C., can. 276 § 2, 5°; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 18.

 

[337] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia, 31; Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 26.