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'LA AVENTURA VOCACIONAL NO TERMINA EL DÍA DE LA ORDENACIÓN'
 

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Monseñor Patrón Wong, secretario para los seminarios de la Congregación para el Clero, afirma que el Papa recuerda a los sacerdotes que lo mejor que nos ha sucedido en la vida es encontrarnos con la mirada y la llamada amorosa de Jesús.
 
El seminario no es una universidad donde solo se aprenden conceptos profesionales o teóricos, es una experiencia de vida. Además, la pastoral vocacional desarrolla un acompañamiento y discernimiento muy concreto, para que los jóvenes descubran su vocación cristiana específica. Son ideas del monseñor mexicano Jorge Carlos Patrón Wong, secretario para los seminarios en la Congregación para el Clero, cargo que desempeña desde hace poco más de un año. Llegó a Roma en noviembre del 2013 directamente desde la diócesis de Papantla. ZENIT le ha entrevistado para saber más sobre el trabajo que ha desarrollado en estos 14 meses, cuál es su visión sobre la vida en los seminarios y cómo el Papa ayuda a los sacerdotes en su misión.
 
¿Cómo valora la situación actual de clero y los seminarios tras estos primeros meses de trabajo en la Congregación?

-- Se ha logrado una unidad y comunión entre la pastoral vocacional, la formación inicial y la formación permanente de los sacerdotes. Una pastoral vocacional y formación presbiteral relacionada con todas las pastorales, especialmente con la pastoral juvenil, la pastoral de la familia, y la catequesis.

La relación que hemos tenido con obispos, sacerdotes y seminaristas de diversas partes del mundo, las visitas realizadas a diferentes países, trabajando así --la pastoral vocacional, la formación inicial en los seminarios y la formación permanente con los sacerdotes-- generan una unidad, una perspectiva de colaboración e interrelación íntima. Toda la labor que se realiza a favor de la vida sacerdotal, impulsa y motiva la renovación del seminario y de la pastoral vocacional. Todo aquello que se hace en la pastoral vocacional tiene implicaciones en el desarrollo de los seminarios y consecuentemente, en la vida sacerdotal.

En lo referente a la pastoral vocacional, se impulsan los centros vocacionales diocesanos y nacionales. La vida se propone como vocación, como llamada. Es una novedad para la nueva generación, ya que la Iglesia habla directamente de que la vida es una vocación y da testimonio de ello. Generalmente los sistemas educativos y sociales impulsan mucho la búsqueda de un proyecto individualista de realización personal, olvidando la relación con Dios y con los demás.

En la Iglesia, la vida es propuesta como vocación, una vocación de amor y de servicio. También hoy es una novedad apreciar la vida humana, como un don; vivir el bautismo y la vocación cristiana como seguimiento  de Jesús y preguntarse: ¿Dónde y cómo quiere Dios que ame y sirva a mis hermanos? Y allí es donde la pastoral vocacional desarrolla un acompañamiento y discernimiento muy concreto, para que los jóvenes descubran su vocación cristiana específica: la vocación al sacerdocio, a la vida consagrada o al laicado comprometido.

Por eso aconsejamos que los centros nacionales y diocesanos estén muy coordinados con las parroquias, las universidades, las escuelas, los movimientos, la actividad social juvenil y las familias.  Y hacerlo en dimensión misionera: saliendo, anunciando y dando testimonio de que la vida es vocación.
 
¿Qué conclusiones concretas obtiene del trabajo realizado estos meses?

-- En los contactos que tenemos con los jóvenes seminaristas y en las investigaciones que se han hecho este año aparece un dato muy importante y central. Todos los seminaristas han tenido dos experiencias: el encuentro amoroso con Cristo y la presencia de uno o más sacerdotes cercanos a su vida, a su familia, sacerdotes amigos y acompañantes en su crecimiento.

Estos dos datos, que son muy claros, son profundos porque enlazan el llamado trascendente de Dios, la relación interpersonal y la respuesta humana. Debemos cuidar que el contacto y la relación interpersonal ayuden al joven al encuentro de amor con Dios Padre, más allá de la situación en la que se encuentre. La relación con Cristo y el acompañamiento cercano a los jóvenes están dando resultados positivos en el descubrimiento y desarrollo de la vocación. Los planes, los proyectos, la actualización de nuestra teología pastoral y de nuestra pedagogía son muy útiles, siempre y cuando esta doble relación se realice. En eso se está trabajando y haciendo conciencia. Es importante que la vocación sea un testimonio vivo del amor de Dios por medio de la amistad y acompañamiento.
 
En los seminarios la formación debe ser no sólo intelectual, sino, como usted dice, de experiencia ¿Cómo se trabaja este aspecto?

-- Estamos trabajando en la formación de formadores, sacerdotes que asumen como vocación el ser pastores de los futuros  pastores. Hay una gran diferencia entre transmitir conocimientos y formar a una persona. La convivencia comunitaria en un seminario permite integrar en la vida cotidiana todas las dimensiones de la formación: la espiritualidad, el crecimiento y desarrollo humano, intelectual y académico, y el aspecto apostólico y misionero. En el seminario se integran todos estos elementos, de tal manera que estas cuatro dimensiones – espiritual, humana, intelectual, apostólica – vividas en comunidad, desarrollan al ser humano, al discípulo misionero y al futuro pastor según el corazón de Cristo.

El equipo formador y las muchas personas que intervienen en la vida del seminario están para acompañar al joven en la integración de estos aspectos, para que responda a su vocación humana, cristiana y presbiteral. El discernimiento, con la ayuda de los formadores, coloca al  joven en diálogo constante con Dios para descubrir en qué vocación específica le llama. En este sentido, el seminario es la propuesta positiva para descubrir y desarrollar una vocación  específica: la vocación sacerdotal ministerial o la vocación laical. En el caso de los jóvenes que descubren que Dios les llama a la vocación laical, todo lo aprendido en el seminario es base y fundamento de una vida comprometida con la sociedad y formando una familia.

El seminario no es una universidad donde solo se aprenden conceptos profesionales o teóricos, es una experiencia de vida. No es solo escuchar el llamado de Dios, es responder; y por eso el acompañamiento debe continuar toda la vida. Tenemos que estar ayudándonos unos a otros para que las respuestas personales sean las que Dios quiere: con fidelidad creciente y alegre.

Esta es otra novedad: formar sacerdotes que ayuden a otros sacerdotes en diferentes etapas de la vida. Hay propuestas donde muchos de los que han sido formadores en el seminario, posteriormente como párrocos continúan acompañando a sacerdotes jóvenes.

La aventura vocacional no termina el día de la ordenación, sino que se hace más amplia. Cada etapa y edad de la vida sacerdotal, enriquecida por la novedad de la misión encomendada, debe vivirse en sintonía y unidad.
 
¿Qué puntos en común ve en los problemas y desafíos de los seminarios del mundo?

--Vivir cada día como vocación permanente: Dios me llama por amor y yo respondo con alegría en el servicio concreto a mis hermanos. Cuando nos hacemos sordos al llamado hay ‘bajas’ y quiebres en nuestra respuesta. En cambio, cuando en cada instante se crece y se goza el llamado, se multiplica la felicidad y la generosidad en una respuesta plena. Todo va integrado porque, un buen sacerdote es un buen cristiano; y un buen cristiano es un buen ser humano.

Las dificultades y limitaciones existen; la formación inicial y permanente están ahí para ayudar a superar los obstáculos. Así, la vida como vocación permanente se convierte en formación permanente: todos los días se aprende un aspecto de la vida y seguimiento de Jesucristo, que repercute directamente en el desarrollo humano, espiritual, académico y pastoral de la persona y la comunidad.

La vocación es un diálogo permanente de la persona con Dios, para responder a un servicio comunitario. Todo lo que hacemos es experimentar el amor de Dios para amar a los demás de una manera muy concreta: sirviendo. Cuando esto se tiene claro hay libertad y dinamismo comunitario para vivir esta relación de amor con Dios y los demás.

Hay desafíos que son generales, pero también cada cultura, cada país, cada etapa de la vida tiene los suyos. Esta Congregación está ayudando a promover este proceso de vida-vocación-formación permanente, a nivel de Iglesia universal, a través de  programas e itinerarios formativos graduales, integrales y capaces de ser adaptados a cada realidad cultural y nacional.
¿Los problemas sobre la vida sacerdotal y el clero que trascienden en los medios de comunicación son los reales?

-- Los problemas existen porque son parte de la vida humana. Pero la vida y la vocación no pueden verse solo como problema. Es aprendizaje, esfuerzo, crecimiento, porque la vida y la vocación se definen con el amor. Los problemas se resuelven con amor. Desde ahí se da solución a las realidades negativas y dolorosas. Esta pedagogía es propia del Evangelio y hay que actuarla de manera particular en los procesos formativos y educativos.  Es lo que hoy está dando mucha certeza a las nuevas generaciones. No escondemos los escándalos y las contradicciones, sino que ayudamos a descubrir la acción de Dios en lo más profundo de los corazones de los jóvenes, las familias y la sociedad, más allá de estas dolorosas situaciones. Las soluciones más radicales y duraderas se dan en el corazón. Ahí se encuentran la bondad de Dios y cada ser humano. Esta es la parte del trabajo que en la Congregación para el Clero me ha fascinado: en los encuentros con cientos de obispos, sacerdotes y  seminaristas de todo el mundo se habla con mucha claridad y libertad de los problemas y al mismo tiempo se buscan y encuentran modos para solucionarlos. Hay decisión y unidad para resolverlos, comenzando con la aportación de cada uno: vivir con mayor autenticidad y alegría la propia vocación.
 
El papa Francisco muestra continuamente su preocupación y cercanía por los sacerdotes, a veces incluso se dice que parece que siempre les está ‘regañando’. ¿Le parece a usted que es así?

-- El Papa ama a los sacerdotes, a los seminaristas, a los jóvenes, ama a todos aquellos que tratan de vivir el seguimiento a Jesús. Nos ama. Y como es un buen padre y conoce nuestras dificultades y los retos actuales siempre nos advierte sobre las tentaciones y los errores que debemos evitar, o que no se deben repetir. Es un Papa que nos ama al estilo de Cristo: en la verdad y en la misericordia. El Papa Francisco es un ejemplo muy claro y cercano de cómo se integra la vida humana, cristiana y sacerdotal, siempre al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados. Sus palabras y su vida son un motor motivacional porque es una realidad visible, palpable y contagiosa. Así sentimos su cercanía. Sus advertencias y modo de hablar nacen del corazón de un buen padre y de la experiencia de la vida. Por eso el Papa Francisco tiene una  gran sintonía con los obispos, los sacerdotes y los seminaristas, porque nos habla al corazón y nos habla de nuestra vida concreta, sin “rodeos” o palabras vanas. Cuando lo escuchamos, lo sentimos así: le queremos y nos quiere, nos ayudamos mutuamente, compartimos gozos y tristezas, porque siempre nos recuerda que lo mejor que nos ha sucedido en la vida es encontrarnos con la mirada y la llamada amorosa de Jesús para comunicar la alegría del Evangelio.