felicesMuchos de nuestros hermanos sacerdotes gozosamente se reconocen “padres” de muchos hermanos, felices de amarlos, libres para servirlos. Son personas normales, capaces de amar y de ser amados, que no van contra ninguna tendencia o dinamismo afectivo, sino que eligen, por un don recibido, un camino especial para realizarse plenamente en el amor: el del celibato sacerdotal libre y perpetuo. Su vida es distinta a la vida de los solterones que no quieren comprometerse para gozar de la vida.

En la práctica, asumimos el celibato sacerdotal como un don que recibimos de Dios para vivir y amar a la manera de Jesús, al servicio de la Iglesia. Ello nos implica renuncia y seguimiento ante Jesús, Buen Pastor, en una comunión apostólica al servicio del Pueblo de Dios (Cf. DMVP, 80). Requiere la observancia de la castidad, tener continuamente un corazón puro y, por tanto, practicar la perfecta y perpetua continencia por el Reino de los cielos.

Con esta sociedad tan hedonista, se va volviendo más difícil vivir la castidad y el celibato. Por eso, ahora más que nunca, para ser fieles necesitamos la ayuda de la fidelidad amorosa de Dios. En ello, nos ayudan decididamente los medios naturales y sobrenaturales que conocemos: la comunión con Cristo, las amistades sacerdotales maduras, la ascesis y el dominio de sí, la mortificación, la reconciliación sacramental, el discernimiento espiritual, la vigilancia y prudencia ante las tentaciones, etc. (Cf DMVP, 81).

Ciertamente, el ser célibes nos sirve para ser pastores santos:

  1. Para unirnos más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso. Con el celibato seguimos con radicalidad a Jesús en su estilo de vida y de amor.
  2. Se aviva nuestra caridad pastoral. Crece en nosotros el amor del Buen Pastor. Nos permite dedicarnos más libremente al servicio de Dios y de los hombres. Ejercemos una paternidad espiritual, pero real, que tiene dimensión universal y que, de modo particular se concreta en la comunidad que se nos ha encomendado. Esta manera de amar está en íntima comunión con el ministerio sagrado. Se convierte en caudalosa fuente de eficacia pastoral
  3. Configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. Eleva integralmente al hombre y contribuye efectivamente a su perfección.

Compartamos con otros hermanos sacerdotes sobre este tema. Para profundizar, nos será útil analizar el Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 80 – 82. Agradezcamos a Dios el don que nos ha dado y comprometámonos ayudarnos a ser fieles.

Julio