llamado es¿Para quiénes es el llamado? ¿Vale la pena escucharlo? Son interrogantes que todos nos hacemos.

El llamado a la santidad es, también, para ti y para mí: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1 P 1,16). El Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre» (Gaudete et Exsultate, 10).

¿Quién nos ayuda? El llamado es a ser santos con los otros santos: con los del cielo y con los que están siendo santos en la vecindad (cf. GE 4 – 6): Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. […] Pero no pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios… Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (Gaudete et Exsultate, 4,5,6,7). También, de nuestro presbiterio y de nuestra familia tenemos santos en el cielo y otros caminando a nuestro lado. Se necesita humildad, pero es muy edificante y estimulante, reconocer esos signos de la acción santificadora de Dios en los hermanos más cercanos.

¿Cómo hacerlo? «Cada uno por su camino», dice el Concilio… Lo que interesa es que cada uno discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), Crecer hacia ese proyecto único e irrepetible que Dios ha querido para él desde toda la eternidad (Cf. GE, 111, 13)

¿En dónde y con cuales medios ser santos? Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra… Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23). (Cf. GE, 14).

Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos (Cf. GE, 16)... A veces la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia «para que participemos de su santidad» (Hb 12,10). Otras veces solo se trata de encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos (Cf. GE, 17). Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4,10). (Cf. GE, 18).

Julio