La enfermedad es dura y difícil para nosotros los sacerdotes. Pero tiene su manera de vivirse. Más allá de las etapas iniciales de rechazo y tolerancia, se puede pasar a una vivencia positiva, fructuosa y útil de la enfermedad. Ayudados por la fe cristiana, se pasa a una nueva etapa en la que se ofrece el dolor y la vida a Dios. 
Además de preguntarse el qué, el cómo y el por qué de la enfermedad, se busca y se encuentra el para qué de ella. También, se hace todo para aprovechar los recursos de la medicina. Además, se comprende que Dios Padre, a veces, permite pruebas que nos purifican en nuestra fe, esperanza y caridad. Así, se busca sacar el bien de esa situación, porque a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Ver Rom 8, 28). No se le echa la culpa a Cristo, sino que contempla su entrega en la cruz y su llamada a colaborar en la salvación del mundo. Se recibe su luz, consuelo y fortaleza. Se siente gusto en compartir su experiencia con otros hermanos. 
Así, en esta etapa, la enfermedad se comprende y se asume con un nuevo sentido y actitud para vivirla como:
1. Un camino para dar pasos de acercamiento y unión con Dios. Como enfermo, en ella encuentro al Dios Amor que me busca, me reconcilio con Él y mejoro mi amistad y compromiso con Él. Dios da sentido a todas las cruces cuando nos acercamos a vivir en su amor.
2. Una escuela en la que se puede aprender a amar más y mejor. Aprendo del amor de Jesús y del amor de los hermanos. Me voy llenando del amor de Dios y salgo de mí mismo, me centro en Dios y en mis hermanos para hacerles el bien sin esperar recompensa.
3. Un espacio de servicio para ayudar a la salvación de muchos hermanos. Para ello, uno mi cruz a la cruz de Jesús y la ofrezco para reparar mis pecados y los del mundo entero y como oración por los más necesitados del mundo. Yo mismo me pongo en las manos de Dios, le ofrezco todo lo que soy y lo que vivo para colaborarle en lo que me pida hacer por los hermanos. Me convierto en sembrador del amor de Dios, aún en los que vienen a visitarme en mi enfermedad.
De esa forma, la enfermedad se convierte en una fuente de bendiciones. Dios me acompaña, me va llenando de su amor y fortaleza para afrontar el dolor y el sufrimiento. En una enfermedad bien vivida, recibimos nuevos y grandes dones del Señor. 

Julio