Alguna vez habremos dicho: busco estar un rato solo, necesito analizar algo, respirar, encontrarme conmigo mismo, descansar un poco, orar. Esa soledad la necesitamos y es positiva, hay que encontrarla y aprovecharla. ¿Verdad?
Muchos sentimos que nos aprecian los hermanos, nos encontramos a gusto para compartir con ellos, nos ayudamos en algunas cosas. Con muchos vivimos la comunión y la ayuda fraterna. Así nos apoyamos en nuestra vida y ministerio. Nos gusta encontrarnos y compartir, pero sentimos necesidad de espacios de encuentro con nosotros mismos y con Dios.
Pero también hay hermanos que se sienten distinto. Siento que poco le importo a los demás, me han hecho a un lado, estoy dolido por lo que me han hecho; me he tenido que alejar, estoy distanciado, como escondido; mi comunicación es sobre cosas externas, el fútbol, las construcciones, los cambios, el obispo, de mí no hablo. Me siento solo, aunque me encuentro con muchos hermanos sacerdotes. Es la situación por la que pueden estar pasando algunos hermanos del presbiterio. Viven una soledad que les hace daño y que hace daño a los demás. A veces, lleva a buscar falsas compensaciones, en vez de verdaderas soluciones. ¿Qué sirve para superar esa soledad? ¿Cómo darnos la mano?
Desde luego, el principal remedio para esa soledad es llenarla de Dios. De Él viene el consuelo, la luz y la fortaleza que nadie puede dar, aún para reconciliarse consigo mismo y con los demás. Por otra parte, ha servido mucho el hermano que ayuda a discernir las causas de la soledad y anima a afrontarlas. Y algo que podemos hacer ya mismo es ir a compartir fraternalmente con ese hermano, incluso invitándolo a compartir con otros hermanos. Una ayuda mayor es el motivarlo a compartir en nuestra comunidad sacerdotal de vida y ayuda. Abrámonos a Dios y a los hermanos si nos sentimos solos. Vayamos a compartir con hermanos que necesitan esa ayuda fraterna.

Julio